¿Una rebelión democrática o una guerra entre tribus?

23/Mar/2011

La Nación, David Kirkpatrick

¿Una rebelión democrática o una guerra entre tribus?

El levantamiento en Libia tiene marcadas diferencias con el de Egipto y el de Túnez; las dudas sobre los opositores
Miércoles 23 de marzo de 2011 |
David D. Kirkpatrick
The New York Times
TRIPOLI.- La pregunta ha sobrevolado la rebelión en Libia desde el momento en que el primer comandante de un tanque desertó para unirse a los rebeldes que protestaban en las calles de Benghazi: ¿la batalla de Libia es la brutal represión de un dictador contra sus opositores partidarios de la democracia o se trata de una guerra civil entre tribus?
La respuesta podría determinar el curso tanto de la rebelión en Libia como del resultado de la intervención occidental. La cadena de acontecimientos preferida por Occidente sería que los ataques aéreos permitieran a los rebeldes reunirse con los residentes todavía pasivos de la región oeste, con la consigna básica de una revolución democrática que logre derrocar a Muammar Khadafy. El líder libio, sin embargo, ha anticipado todo lo contrario: que la revuelta es una guerra tribal entre el Este y el Oeste, que concluirá con su victoria o con un largo período de caos.
«Es una pregunta extremadamente importante y casi imposible de responder», dijo Paul Sullivan, politólogo de la Universidad de Georgetown. «Cuando Khadafy se vaya, podríamos llevarnos una gran sorpresa al ver con quién tenemos que lidiar», agregó.
Hasta el momento, el comportamiento del incipiente gobierno de Benghazi ofrece muy pocas pistas de la idiosincrasia de los rebeldes. El consejo de gobierno está compuesto por profesionales laicos -abogados, académicos, empresarios- que hablan de democracia, transparencia, derechos humanos y el imperio de la ley. Pero su compromiso con esos principios recién ahora está siendo puesto a prueba, cuando deben enfrentarse al fantasma de potenciales espías de Khadafy entre sus mismas filas, ya sea aplicando la despiadada justicia tribal o procesos legales más mesurados.
Al igual que el gobierno de Khadafy, el consejo rebelde está plagado de lazos familiares. Y al igual que los jefes de los medios de comunicación oficiales de Libia, los rebeldes no manifiestan ningún apego a la verdad a la hora de hacer propaganda, adjudicándose inexistentes victorias en el campo de batalla, asegurando que seguían luchando en ciertas ciudades muchos días después de que hubiesen caído en manos de Khadafy y exagerando hasta lo impensable la barbarie del líder libio.
Los que dudan del compromiso de los rebeldes con la democracia apuntan a la corta y brutal historia libia. Hasta la revolución encabezada por Khadafy en 1969, Libia difícilmente podía ser considerada una nación, dividida como estaba, bajo el antiguo rey, en tres provincias separadas, cada una con sus tribus de pastores rurales seminómadas.
Aunque Khadafy trabajó duramente para forjar un Estado único con esas provincias, hizo poco por apaciguar esa cultura de la violencia, entre otras cosas, ordenando a sus comités revolucionarios que dispararan sobre los «descarriados» de la revolución y colgando en público a sus opositores políticos. Los historiadores aseguran además que Khadafy siempre ha intentado capitalizar la beligerante cultura de las tribus, por ejemplo, suministrándoles armas.
El contraste con la situación en los países vecinos de Libia, como Túnez y Egipto, es notable. En Egipto, los jóvenes líderes de la revolución estaban tan comprometidos con la no violencia que, en medio de un diluvio de piedras lanzadas contra las fuerzas leales al gobierno, dos jóvenes declararon que sentían que ya habían perdido, simplemente por haber tenido que recurrir a la violencia.
Khadafy tampoco hizo mucho más que maquillar las viejas animosidades que se cocinan entre las tribus desde hace mucho tiempo. La región oriental siempre ha sido un semillero de opositores al coronel, en parte porque las tribus de ese lugar habían disfrutado del favoritismo del rey Idriss I, a quien Khadafy derrocó, mientras que el coronel privilegió a las tribus de la costa central y occidental.
La generación Saif
Pero el legado de esas rivalidades tribales en Libia podría estar desvaneciéndose, en parte gracias a los enormes cambios que, a su manera, Khadafy ayudó a concretar. Al llegar al poder justo antes del «boom» del petróleo, destinó la nueva riqueza a construir escuelas, hospitales y otros beneficios para la población libia, hundida en la pobreza más extrema. Paulatinamente, Libia se convirtió en un país urbano, con el 85% de la población abroquelada en torno a los dos principales centro urbanos, Trípoli y Benghazi.
Aunque muchos de los que se trasladaron en masa a las ciudades siguieron identificándose con sus tribus de origen, ahora viven mezclados. Es más, después de intentar por un tiempo bloquear toda influencia externa, Khadafy se dio cuenta de que la prosperidad dependía en parte de las lecciones llegadas del extranjero. El resultado podría llamarse la generación Saif, un grupo de ricos jóvenes libios educados en el exterior y que hablan inglés, como su hijo Saif al-Islam Khadafy.
Para que la actual rebelión demuestre que implica una verdadera diferencia con el régimen anterior, deberá trascender el telón de fondo de rivalidades tribales, comenzando por la prueba de lograr más apoyo del oeste del país. A eso está apostando Occidente, a que el disparador de la revuelta haya sido un sincero impulso democratizador.
Traducción de Jaime Arrambide